Accidente ferroviario en Córdoba: demasiados teléfonos, demasiado tarde.

En una emergencia real no hay margen para el diseño administrativo, para el reparto competencial ni para el ego institucional. Hay segundos. Y esos segundos deciden si alguien vive o muere. Sin embargo, el sistema español de gestión de emergencias está construido justo al revés: no para ganar tiempo, sino para perderlo de forma estructural.

En sistemas como en EE. UU. con un único número de emergencias, el 911, la llamada entra una vez y, desde esa única sala, se despliegan todos los recursos disponibles con coherencia y sin pérdida de tiempo ni de información.

En España, ante un accidente grave, no existe un único punto de entrada que active de forma inmediata y simultánea todos los recursos necesarios. Existen muchos teléfonos, muchas salas, muchos mandos y demasiados intermediarios. El 112, el 091, el 092, el 062 de la Guardia Civil, los centros de control propios de cada operador… Todos caros en su mantenimiento, todos con personal, todos con tecnología, todos convencidos de que son imprescindibles. Y, sin embargo, ninguno capaz por sí solo de garantizar la respuesta más rápida posible.

El resultado es un sistema que gasta el triple para ser menos eficaz.

Cuando ocurre un accidente ferroviario grave, como el de Córdoba, la primera comunicación no entra en un centro único de emergencias que tenga capacidad de despacho integral. Entra en un circuito interno del operador ferroviario, que a su vez comunica con su centro de control, que a su vez decide cuándo y cómo traslada la información al 112. Es decir: antes de que se active el sistema de emergencias, la información ya ha pasado por varias manos. Y cada mano añade segundos, dudas, validaciones y, en ocasiones, errores de valoración.

Mientras tanto, los pasajeros están heridos, atrapados, desorientados. Y el reloj corre.

A partir de ahí, el 112 recibe la llamada, pero no tiene mando operativo policial propio en territorios sin policía autonómica. Así que redistribuye la información a otras salas: Policía Nacional, Guardia Civil, servicios sanitarios. Más pasos. Más latencia. Más fragmentación. Y si alguien, en paralelo, llama al 062 de la Guardia Civil —porque está en una zona rural o porque es el número que conoce—, esa información no siempre converge de inmediato con el resto del sistema. No porque los profesionales fallen, sino porque el diseño es fallido.

El efecto práctico de todo esto es devastador: los recursos no siempre se movilizan en función de cercanía real, sino en función de a qué puerta ha entrado la información. Puede haber patrullas más cerca que no se enteran. Puede haber servicios que salen tarde porque esperan confirmaciones que no deberían ser necesarias cuando hay víctimas sobre la vía.

Y eso no es una hipótesis. En el caso del accidente de Córdoba, distintas informaciones publicadas han señalado que los pasajeros del tren Alvia no fueron atendidos de forma efectiva hasta cerca de una hora después del siniestro. No porque no hubiera profesionales dispuestos. No porque no existieran medios. Sino porque el sistema tardó demasiado en entender qué estaba pasando, dónde y con qué magnitud.

En una emergencia de este tipo, una hora no es un retraso administrativo. Es una eternidad. Es la diferencia entre una hemorragia contenida y una hemorragia mortal. Entre una vía aérea asegurada y una asfixia. Entre el caos y el control.

Lo más grave es que todo esto ocurre después de haber invertido miles de millones de euros en salas operativas duplicadas, triplicadas, solapadas. Se ha confundido cantidad con eficacia. Se ha vendido coordinación cuando en realidad hay reenvío de llamadas. Se ha vendido seguridad cuando en realidad hay fragmentación de mando.

Un sistema serio de emergencias funciona con una idea muy simple: una llamada, una sala, un mando, todos los recursos. El más cercano, el más rápido, el que puede salvar una vida en ese momento. Todo lo demás es ruido. Y en emergencias, el ruido mata.

Mientras no se entienda que cada intermediario innecesario es tiempo perdido, y que cada segundo perdido es una oportunidad menos de salvar a alguien, seguiremos repitiendo el mismo patrón: grandes discursos, protocolos impecables sobre el papel y víctimas esperando ayuda demasiado tiempo.

Y eso, cuando se hace con dinero público y con vidas ajenas, no es un error técnico. Es un fracaso del sistema.

La unificación real de las salas de emergencia no es una ocurrencia ni una reacción en caliente. Es una reivindicación que llevamos defendiendo desde el origen mismo de @PoliciaSXXI, precisamente para evitar escenarios como este. Y ojalá no tuviéramos razón. Porque tenerla significa que alguien ha llegado tarde, que una ayuda no ha llegado a tiempo y que se han perdido vidas que podían haberse salvado. No hay victoria en decir “ya lo advertimos” cuando el precio es una desgracia. Solo queda la obligación moral de insistir, corregir el sistema y evitar que vuelva a ocurrir.

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